La historia de Daniela (mujer trans) en prisión

La situación de la comunidad LGTBI en prisiones es un tema casi desconocido. Lo que contamos a continuación, aprovechando el Día de la Memoria Trans, es un resumen  de los testimonios que algunas mujeres trans en prisión han enviado por carta a la Fundación 26 de Diciembre. Los hemos centrado en la historia de Daniela (nombre ficticio), un ejemplo de lo que, según nos cuentan, pueden vivir ‘las Danielas’ en las cárceles españolas. 

Daniela sale de su país natal rumbo a España; por creer que en España podría por fin vivir su identidad de género sin miedo a ser discriminada o perseguida, pudiendo así desarrollar un proyecto de vida acorde a lo que ella quería para sí misma. Pero la realidad la golpeó duramente, pues no tardó en darse cuenta de que, pese a que no estuviera legislada la agresión por el hecho de ser una mujer trans, si encontraría grandes dificultades a la hora de desarrollarse tal como había soñado. La gran dificultad a la hora de acceder al empleo o incluso de legalizar su situación, provocaría que tuviera que alejarse de esas expectativas que en su cabeza había creado para empezar simplemente a sobrevivir.

Después de intentar desarrollar sus proyectos durante innumerables ocasiones, finalmente el polígono se convirtió en su casa y sus compañeras, en su única familia.

Durante un tiempo Daniela pudo sobrevivir y mantenerse, pero no tardó en llegar aquel diagnóstico que para ella supondría un punto de inflexión. “Yo ni siquiera me quería hacer la prueba, hacía pocos meses que me había dado negativo, pero ya que estaban allí y se las estaban haciendo todas mis amigas… y maldita la hora… yo creí que me moría, me hablaban de que tenía que ir al hospital, que me tenían que hacer pruebas, que tenía que empezar un tratamiento, pero yo hacía tiempo que ya no escuchaba lo que me decían” (…) “yo acompañé a mis amiguitas en el hospital, y las vi morir solas, estigmatizadas y desahuciadas; y ahora me tocaba a mí”.

Lo que Daniela no sabía es que la evolución médica ha sido grande, y que un diagnóstico de VIH ya no es una condena a muerte. Aunque lo difícil para ella ha sido convivir con sus propios recuerdos y reconstruir los esquemas que ya había creado. 

Después de todo lo vivido, de la fuerza, de las ganas de seguir adelante, y sobre todo de no abandonar su proyecto vital, apareció el SARS-COV-2, para poner todo patas arriba. El confinamiento provocó que no pudiera salir a trabajar y por ello se vio en una situación de extrema vulnerabilidad; sin ingresos para pagar la vivienda y hacer frente a los gastos básicos de la vida diaria.

Al terminar el Estado de Alarma, Daniela comenzó a ilusionarse nuevamente ante la posibilidad que se le abría delante de sus ojos; pero todo cambió cuando en una solicitud de identificación rutinaria en la calle, la policía le informó: “usted tiene una orden de entrada en prisión. Lo sentimos mucho, pero va a tener que acompañarnos”. Y vuelta a empezar, aunque en esta ocasión sería muy distinta. La realidad en la cárcel es muy diferente a la realidad de la calle.

Según cuenta Daniela, cuando entró en prisión solicitó ingresar en el módulo de mujeres por ser el que le correspondía por su género, pero vio que esto no se llevaba a cabo y que además no tenía ningún tipo de respuesta por parte de la institución. Así fueron pasando los días, luego las semanas y los meses, viéndose obligada a convivir en un módulo que no era el suyo por el simple hecho de no tener su identidad de género reflejada en su documentación. “El médico de aquí no me quiere reconocer como mujer trans, y necesito hablar con el juez de vigilancia sobre mi caso”, nos escribe, añadiendo: “llevo 2 semanas sin tomar la medicación (VIH) porque no me quieren dar la pastilla, mi médico me dijo que tenía que tomarla todos los días y aquí no me la quieren dar…me tratan de sidosa, de enferma…”

Daniela nos relata que han sido meses muy duros para ella. Meses de cartas, valoraciones, entrevistas, profesionales, en los que no ha parado de luchar para que la traten adecuadamente.

En las cartas que nos ha enviado, nos escribe que su estancia en el módulo de hombres no ha sido el único problema; ha sentido un trato tránsfobo, serófobo y racista: “cuando ingreso en prisión lo que recibo es desprecio, racismo, transfobia (…) unx funcionarix, jefx del servicio y auxiliar del centro me dice que a estos travelos hay que meterlos a todos juntos y poner una bomba para que todos mueran (…) Le digo a la enfermera que tomo medicación para el VIH y me dice Dios mio que asco, soy alérgica a los travelos.” Todo esto ha provocado que su situación a nivel emocional fuera aún más comprometida: “he tratado de suicidarme pero…si no existo…pienso en mi madre y mi pareja que me quieren y van a sufrir mucho y no creo que valga la pena tanto luchar para morir así.” 

Gracias a su constancia, se le comunica desde la dirección de la prisión que la trasladan al módulo de mujeres. Una gestión que debería haberse realizado cuando lo solicita en el momento de su entrada, de acuerdo a la instrucción 7/2006 de 9 de marzo de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias.

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