Nuestra vejez, nuestro poder.

2022. Cuánto nos ha costado llegar hasta aquí. Cuántas leyes hemos tenido que esquivar. A cuántas personas hemos aprendido a renunciar. ¿Por qué? “LGTBIfobia” lo llaman. Curioso. Porque muches de nosotres no conocíamos tales siglas ni habíamos escuchado hablar de un sentimiento llamado “fobia”, cuando comenzábamos a desear o a saber quiénes éramos.

Lo que sí percibíamos con una claridad punzante era lo que nos hacían sentir. Pensando en esa punzada, es inevitable sonreír al tomar conciencia del arma que tenemos en la mano, gracias a ellas: las siglas y a la horrorosa fobia. Sí. Es un gusto porque nos ayuda a nombrarnos, a reconocernos, a crear nuestros grupos de apoyo y a algo muy difícil. Mucho. Pero muy satisfactorio. Entender el miedo de quienes nos han rechazado.

Quien comprende tiene la partida de cara. Y para muestra, un botón: el Día contra la LGTBIfobia. Un día como hoy, en 1990, la homosexualidad se eliminó de las enfermedades mentales.

¿Qué significó esto?

Nos dieron permiso para hacernos cargo de nuestra vida. Con la perspectiva del tiempo, hoy parece broma. Sobre todo, pensando en la intensidad de nuestros amores, el placer que nos dimos les unes a les otres o las amistades que se convirtieron en familia, muchísimo antes de aquella victoria.

Pero no lo vamos a negar, también hubo una cara B. La doble vida, las terapias de reconversión, o incluso los “internamientos” en “instituciones psiquiátricas”. Porque todas las personas LGTBI hemos sufrido alguna versión de estas condenas.

Por eso, sabemos que dar un paso adelante es mucho más difícil que otro paso atrás. Cien años para conseguir un derecho, un mes para perderlo. Así que sí, hoy es un día importante. Un día para levantar la mano y contar, contar, contar. Hablar o gritar. Lo que hemos pasado, lo que nuestres jóvenes siguen pasando.

Y hacerlo juntes. Las criaturas que comienza reclamar su identidad de género, la juventud y quienes sobrevivimos a la Ley de Vagos y Maleantes, mano a mano con las personas racializadas, manos que, con frecuencia, nos cuidan en la primera infancia o cuando las fuerzas comienzan a flojear.

Claro que sí. Ahora somos más, estamos más fuertes que nunca, a pesar de las discrepancias internas de los últimos tiempos. Somos una legión de paz pidiendo amar, desear o ser a la luz del día o en la oscuridad de la noche con tanta seguridad como pasión recorre nuestros cuerpos. También en la residencia o en los centros de día donde nos agarramos a la vida.

Sí, una vez más, sí. Porque si en 1990 nos dieron permiso para vivir como nos diera la gana, queremos tenerlo también en nuestra vejez. Rompimos armarios a los que no vamos a entrar de nuevo. Jamás. Nos lo hemos ganado. No existe lugar en este país en el que no nos hayamos echado la LGTBIfobia a la espalda, soportando lo insoportable, de no haber sido por las alianzas que hemos ido tejiendo. Y no solo por nosotres, también por las personas que vendrían después.

En la Fundación 26 diciembre, nos levantamos cada día para seguir viviendo sin permiso. Ofrecemos nuestras manos aguerridas a quienes aún las sigue necesitando, ya sea por una legislación deficiente, como nuestres compañeres trans o no binaries, o porque nuestras vidas pasan al dominio de instituciones con cero respeto a nuestras identidades.

Nuestra familia no es nuestra dueña. Nuestra Comunidad Autónoma tampoco. Alcemos la voz hoy y mañana, recuerda, hablemos. Contemos de dónde venimos y a dónde no estamos dispuestes a volver.

Nuestra vejez, nuestro poder.

En esto estamos en la Fundación y aquí nos quedamos. Nunca más vivir sin permiso.

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