Pon un mayor en tu vida

“Se lo debemos”, “no tienen a nadie” o “es lo menos que podemos hacer por ellos” son algunas coletillas que oímos cuando se intenta concienciar sobre lo importante que es cuidar y dar visibilidad a nuestros mayores LGTBQI+.

Pero, aunque no deja de ser cierto, creo que el enfoque de esta cuestión como deuda moral es parcial, insuficiente y, además, poco atractiva como eslogan. Ojalá la empatía, la compasión, el altruismo o, si se quiere, el karma, fueran reclamos potentes a la hora de promover una causa.

Después de haber vivido casi una década en Nueva York, no puedo evitar buscar un punto de vista más “comercial” para la cuestión que centró mi tesis doctoral: el impacto que tiene la identidad LGTBQI+ en el proceso de envejecimiento (en el caso concreto de mi investigación, el envejecimiento del hombre gay). Y mis conclusiones sociológicas y, quizá, sobre todo, mi aprendizaje personal van mucho más allá de la justicia poética con una generación que abrió el camino a las presentes con el machete en la boca.

Mientras entrevistaba a los 57 informantes y 10 expertos entre Madrid y Nueva York (con gran ayuda y participación de esta Fundación) poco a poco se iba perfilando un archivo de experiencias, historias de vida y sentimientos iluminadores de incalculable valor.

Caminos andados y borrados que sirven de guía para los que venimos después y que, al darse a conocer, despejan el trayecto de angustias y sensación de falta de referentes.

Historias de amor de más de cinco décadas que aminoran la sensación todavía presente de que a veces la lucha sin cuartel por defender nuestras identidades no-normativas tiene demasiado que ver con la soledad.

Propuestas sexo afectivas que, aunque ahora encuentren sus etiquetas, habían sido puestas en práctica desde hace, por lo menos, medio siglo.

Vidas sexuales más que activas y placenteras en las edades avanzadas que reducirían notablemente la ansiedad de más de uno por pensar que se escapa la flor de la vida y aterra el paso de tiempo. Inquietudes intelectuales y vitales que no cesan.

Vidas que se viven hasta el final

Familias elegidas perfectamente funcionales que liberan de cara a familias intolerantes a las que uno puede y debe poner en su sitio si es necesario.

E historias de supervivencia contra todo pronóstico a una pandemia mucho menos (y peor) publicitada que el coronavirus, de apoyo comunitario en tiempos de silencio institucional y de disfrute de la vida aun en el más terrorífico de los momentos históricos.

Es un tópico, pero saber nuestra historia es la manera de no repetir algunos errores o, dicho de otra manera, entender más rápido, sin tanto ensayo y error, la manera de llegar más rápido a los aciertos.

Y esa historia, que en muchos sentidos no está o no es fácil de encontrar en los libros, vive en nuestros mayores, que tienen tantísimo que enseñarnos y a los que a menudo ni vemos ni oímos, a los que simplificamos como existencias crepusculares cuando están llenas de deseos, de emociones, de futuro.

Por supuesto que no todo son historias de superación o relatos de inspiración. Pero también se convierten en grandes lecciones los vivos retratos de la discriminación sostenida durante décadas, pues nos dan el impulso y la valentía para romper esos ciclos de intolerancia que  a veces entendemos como el menor de los males, que pensamos que podemos capear pero que van minando nuestras autoestimas y desmantelando nuestra estabilidad sentimental.

Que es importante mantener los vínculos afectivos amistosos y colaborar en el sentimiento comunitario para cuando lleguen las vacas flacas, porque ser aceptados durante la juventud no significa que lo seremos cuando seamos mayores y dependientes, cuando requiramos un esfuerzo más consciente por parte de los que nos rodean.

Y que tenemos que abrir nuestra mente a otras generaciones, tanto las más jóvenes como las más veteranas.

Que esas familias elegidas no sean sólo hermanos, hermanas y hermanes, sino también hijos, hijas e hijes y, desde luego, abuelos, abuelas, abueles.

El abanico vital de la comunidad es más largo, complejo, diverso y hermoso de lo que solemos ver representado. Y es, asimismo, importante detectar nuestra homofobia interiorizada y la tratemos para no odiarnos a nosotros mismos ni a las plumas ajenas.

Que tratemos también nuestra misoginia y miremos a nuestras compañeras lesbianas y a la comunidad trans como aliadas y no como rivales o inferiores.

Nuestros mayores tienen muchas batallas que contar y luchar, pero escucharlas y compartirlas quizá reduzca o nos facilite las victorias para las que quedan. Así que, si no lo haces por ellos, hazlo por ti. Pon un mayor en tu vida.

 

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