¿Por qué me maltratan?

Por que me maltratan

Apenas unos días después de celebrar el día internacional de las personas mayores, me atraganto al ver las imágenes de una trabajadora que humilla, maltrata y se mofa de ‘Antonia’ (nombre ficticio), una mujer que se aloja en una residencia.

 

Este desagradable hecho me hace sentir mal y me hace reflexionar, porque no quiero ser cómplice con el silencio. Me pongo en los zapatos de ella y de otras ‘Antonias’ para escucharlas, comprenderlas, para intentar saber cómo han sido sus vidas, la sociedad que han construido, lo que queda de ella y aquello que piden.

 

Si estas Antonias me hablasen, me contarían que nacieron en un momento difícil de la historia española, cuando al odio, al dolor y a la tristeza por miles de personas muertas en la guerra civil, se le suma la pérdida de los pocos derechos conquistados por las mujeres hasta ese momento. Estas mujeres son parte de una generación que pasó hambre y vivió con disciplina y autoritarismo en una España en blanco y negro, donde se recordaba la supremacía de las vencedoras sobre las vencidas; mujeres sin apenas formación, y cuya noble tarea era casarse, servir a su  marido, a la patria y a Dios.

 

En sus años de juventud soplaron vientos nuevos y tras la muerte del dictador se les puso en sus manos la tan ansiada democracia, con la que por fin podían volverse a ilusionar para cambiar las cosas. Resurgieron los movimiento vecinales, políticos y sindicales en los que se involucraron, sintiéndose fuertes. Fue el momento de terminar con el tutelaje de los maridos y con leyes que iban contra las mujeres: adulterio, divorcio, salud sexual y reproductiva… Se transformaron en una generación de mujeres vivas, que recogían el testigo de sus abuelas, ese que sus madres no pudieron tomar porque vivieron subyugadas. 

 

Participaron en la construcción de una sociedad desde la igualdad y los derechos humanos, convirtiéndose en la parte principal de la educación en la familia.

 

Con el paso de los años llegaron las enfermedades, la pérdida de capacidades, la jubilación… y de repente esta generación luchadora estaba fuera de juego, dándose cuenta que había una batalla que no había empezado: dignificar la edad. Mujeres exprimidas convertidas en un estorbo, mujeres a las que se intenta consolar con el mensaje: ‘ahora es el momento de disfrutar’.   

 

Y ahora es el momento en que aparece la dependencia, una frágil salud mental o un cruel deterioro cognitivo. Una vez llegan a este estado, comienza el  tránsito por un mundo en el que no sienten sentido, les faltan las fuerzas, les cortan las alas, y dejan de ser protagonistas de sus vidas, que pasan a estar controladas por otras personas. Se transforma a seres humanos en simples piezas de un sistema que los rechaza. Y nos encontramos de nuevo con una persona tirada en el suelo, y preguntándome por qué se ha caído, por qué se ríen de ella, por qué se siente mal, por qué nadie le presta ayuda. 

 

La caída y el maltrato a cualquier Antonia es la caída y el maltrato a cada uno de nosotros y nosotras.

 

Mi reflexión también pone el foco de atención en cómo hemos llegado a esta situación,  y deduzco que las responsabilidades son compartidas. Como sociedad permanecemos callados ante estas injusticias, y no promovemos cambios legislativos y sociales que castiguen el edadismo imperante. Por parte de las administraciones se echa en falta que legislen con determinación y que elaboren  un listado de personas maltratadoras de mayores, al cual puedan acceder las empresas que quieran contratar dichos trabajadores. Hay que dignificar los convenios colectivos, y ofrecer una formación de calidad que refuerce las enseñanzas en emociones, relaciones y los cuidados atendiendo a las características de las personas mayores.

 

Las empresas y organizaciones deben cumplir su compromiso y obligación de  supervisar, evaluar y hacer un seguimiento de sus profesionales. Ganamos todos si se fomenta la diversidad y la participación activa de los mayores: que su voz y decisiones sean obligatorias. 

 

Las personas trabajadoras, profesionales, deben saber que están ejerciendo una  profesión digna que las convierte en compañeras de un final de trayecto. Una labor  vocacional y humana, en la que las mejorables condiciones laborales y salariales no sean excusa para el maltrato.

 

Yo quiero una sociedad sin miedo, sin maltrato, que cuente con las personas mayores, que las atesore y dignifique. Se lo debemos como sociedad. Son fruto de  nuestra historia y nos inspiran, ya que son nuestra  herencia.



Federico Armenteros Ávila

– Presidente de la Fundación 26 de Diciembre –

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