¿Por qué tenemos necesidad de insultar?

Prácticamente todos hemos sido objeto de comentarios insultantes e incluso es probable que en alguna ocasión hayamos insultado a alguien. De hecho, la costumbre de insultar es universal y transversal a todas las culturas.

Sin embargo, los insultos son la forma más baja de expresar un desacuerdo. No encierran racionalidad ni argumento, sino que dan un portazo al entendimiento y acaban con toda posibilidad de diálogo. Insultar es tanto la expresión de una incapacidad para mantener el autocontrol como de la ausencia de razones válidas con las cuales desmontar el discurso del otro. Por eso Diógenes decía que “el insulto deshonra a quien lo profiere, no a quien lo recibe”.

Generalmente insultamos convencidos de que la culpa es del otro. Es el otro quien hace las cosas mal, nos provoca o decepciona. Por algún u otro motivo, la situación nos enfada y reaccionamos insultando a la persona que consideramos culpable de hacernos sentir esas emociones desagradables.

A menudo el insulto también es el resultado de una percepción de amenaza. Cuando creemos que una persona amenaza nuestros planes o los frustra, respondemos insultándola. De hecho, insultar a una persona es una respuesta relativamente habitual cuando creemos que ha violado las normas y los valores sociales con los que nos identificamos.

En cualquier caso, el insulto es una manera desadaptativa de regular nuestras emociones. Nos ayuda a liberar la tensión y la activación fisiológica que producen la ira o la frustración. El insulto es una reacción primaria, una forma de desahogo rápido y fácil. Eso significa que, cuanto más enfadados estemos, más agraviante será el insulto.

Además, los insultos no solo son una válvula de escape para las emociones, sino que también nos sirven de justificación. Insultar a una persona implica echarle la culpa, la tenga o no. Es echar balones fuera y apuntar el dedo acusatorio sobre alguien que, supuestamente, es el responsable de nuestro malestar y de la situación generada. Por eso, los insultos también son una forma de escapar de nuestras responsabilidades.

“Los insultos son una mezcla de rabia y falta de argumentos”. Anónimo .“Las injurias son los argumentos de los que no tienen razón”. Jean Jaques Rousseau “Quien insulta pone de manifiesto que carece de argumentos”. Garcilaso de la Vega.

En filosofía se conoce con el nombre de argumento o ataque ad hominem cuando se busca invalidar un paradigma o una teoría, no atacando dicho paradigma o dicha teoría, sino yéndose en contra el sujeto mismo. Normalmente quienes utilizan este tipo de argumentos, que son totalmente inapropiados para una invalidación teórico paradigmática, son individuos que al verse incompetentes para defender sus tesis, descubiertas como inconsistentes, pero que, por encima de la verdad, aman la fama y el poder, embisten, cual bestias incivilizadas, contra aquellos que (teniendo altura lingüística, lógico matemática y moral [Gardner, H., 1983]) saben cómo demostrar y comprobar, sin salirse de la academia, lo teñida de faltas que están dichas tesis.

 En el país del Realismo Mágico, vemos a las turbas desesperadas, maldiciendo y repitiendo tal cual loros, una serie de improperios y falacias ad hominem, que pretenden implantar un criterio que no son capaces de demostrar ni alcanzar por la vía democrática o del dialogo abierto. Respondiendo a los intereses de sus titiriteros que únicamente pretenden alcanzar el poder que no son capaces de ganar por la vía del consenso.

El insulto es natural al hombre en cuanto animal social, puesto que es un método de defensa. Incluso, Schopenhauer en su Historia de la filosofía define al insulto como “la muestra más clara de inequidad intelectual”, ya que es un reflejo ante el peligro. Así como cualquier presa huye de su depredador, los instintos humanos, al notar indefensión argumental, no hacen si no responder con afrentas como último recurso.

Parafraseando a Hegel, es más fácil criticar que crear, y el argüir contra un sistema filosófico no implica su comprensión. Lo segundo porque –sobre todo en las redes sociales se ha hecho palmario– los múltiples debates de la cotidianidad en sendas ocasiones llevan a dar primacía a la forma ante el fondo, por lo cual recurrimos al vituperio con el fin de que nuestros planteamientos no se vean condenados al ostracismo en medio de una disputa (y ello no hace más que retratarnos como los idiotas, ya manidos, a los que Eco hacía referencia).

Como en España ya estamos acostumbrados a ver muertos acarrear basura, no es de extrañar que muchos de los participantes en los insultos, sean personas que ni siquiera leen las notas y toman partido sin considerar o siquiera darse cuenta de que ha y están siendo utilizados por su ignorancia e incapacidad para pensar. Lo que a los personajes titiriteros les conviene para su aprovechamiento, demostrando que la pobreza en este país es mental, más que económica

En resumen, como buena parte de todo en la vida, la deslegitimación es un arma de doble filo. Todo depende de la responsabilidad del hablante y, aunque no sea de recibo para algunos admitirlo, del espíritu de la época. Sin embargo, para nadie es un misterio que “nuestro derecho a mover los brazos termina donde empieza la nariz del otro” (Butler), pero hay narices más largas que otras… y barrigas más grandes que otras, y no pocas veces, hay algunas que merecen mucho más que dos brazos cerca.

Juanjo Argüello es el Director General de la Fundación 26 de Diciembre.

Imagen: detalle de ‘La romería de san Isidro’ de Francisco de Goya y Lucientes (Museo del Prado)

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