Ser persona trans* es un reflejo de la diversidad humana, no una patología

Cada tercer sábado de octubre conmemoramos el Día Internacional de la Despatologización Trans*. La transexualidad, al igual que muchas otras realidades humanas, son a su vez realidades sociales con numerosas fluctuaciones y marcadas por un contexto cultural-social determinado.

Es un derecho humano que las personas podamos ser quienes somos, puesto que la identidad es uno de los pilares fundamentales y garantizadores de nuestra integridad mental y física.

La transexualidad no es una enfermedad ni un trastorno mental diagnosticable y las personas trans* no deben ser tratadas como tal. Hace unos pocos años, en 2018, la Organización Mundial de la Salud eliminó la transexualidad de la lista de transtornos mentales. Este hecho se recoge como un logro, puesto que oficialmente las personas transexuales dejan de ser enfermas mentales. Sin embargo, en el CIE (Clasificación Internacional de Enfermedades) las personas trans* pasan de estar en el capítulo de Trastornos de la Personalidad y el Comportamiento -en concreto en el subcapítulo Trastornos de la Identidad de Género-, a la lista de Condiciones Relativas a la Salud Sexual y pasa a llamarse “incongruencia de género”.

Estos pequeños avances no niegan la lacra social que supone la transfobia; años de prejuicios y discriminación sufrida por las personas trans* en la sociedad en general. Por lo que la despatologización no solo debe quedar reducida al ámbito de la sanidad, lxs profesionales sanitarixs y los manuales clínicos, también la sociedad debe hacer un trabajo de despatologización y conciencia.

El estigma social puede contribuir a la transfobia, como discriminación social específica, en las relaciones con compañerxs y familiares, lo que, a su vez, puede conducir al malestar psicológico de la persona. Claramente la transfobia es una forma de violencia y las consecuencias psicológicas pueden llegar a ser demoledoras, por ello los síntomas psicológicos que pueden sufrir las personas trans* son socialmente inducidos y no son inherentes al hecho de ser una persona trans*. Solo en algunos casos en el proceso, la persona pueda requerir intervención psicológica, pero esto varía según cada vivencia personal.

La identidad individual es un derecho humano fundamental, por tanto, las organizaciones pedimos mejoras técnicas que garanticen dicho derecho y visibilicen las necesidades de las personas trans*. Es necesario avanzar sin demora en el desarrollo de leyes que protejan el bienestar psicosocial de las personas del colectivo, así como el desarrollo de un ambiente social saludable. Para ello, debemos tener en cuenta toda la exposición a la que han estado, y están, sometidas las personas trans* sin necesidad de tener que estar justificando su realidad de forma constante. Recuerda que la transexualidad es una realidad más y totalmente válida, respeta el nombre elegido y los pronombres de género con los que la persona se identifique, no hagas preguntas incómodas sobre su genitalidad y corporalidad, nunca cuestiones su identidad, mantén una actitud positiva ante la diversidad sexual, y recuerda que nunca es tarde para ampliar tus conocimientos y mantenerte informadx.

Irene Navarro y Tamara García son responsables del Proyecto Ámbar de la Fundación 26 de Diciembre.

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